miércoles, 8 de septiembre de 2021

Mentiras piadosas


Como cada día a las siete y veintitrés de la tarde: mamá me encerró en el horno. La primera vez tenía cuatro años, el día antes de mi cumpleaños. Mamá me pedía por favor que me callara, y yo obedecía tragándome las lágrimas. Ella me quería mucho. Pero era inevitable que la comprensión se volviera rabia, la paciencia en ganas de morder y exigir cuentas, o eso creía. Sea como fuere, y como cada tarde, a las siete y veintidós sonaba la alarma de su móvil. Mamá abría el horno y sin hacer caso a mis preguntas me decía: Hala, adentro.

Fue por la necesidad de resarcirme de sus mentiras por lo que un día escapé. Las mentiras de mamá: los te quiero y los arrullos que a veces me concedía cuando me sacaba de aquel lugar minúsculo, o el beso suave y cálido que me daba en la frente antes de hacerme el dormido cada noche. Cooperaba, mamá era demasiado grande y yo un niño enclenque y esmirriado. Me duchaba solo desde bien pequeño. Los baños estaban prohibidos. Tardaba mucho, me decía. Cenaba muy deprisa. Todo era como ella decía. Las consecuencias de desobedecer eran terribles.

Mamá me quería mucho, eso lo sabía porque me lo decía. A veces, mamá tenía señales de colores en la cara: rojo, morado, negro y hasta amarillo. A veces, también, mamá tenía la cara rara, como hinchada. Era un niño muy preguntón, pero ella decía que era maquillaje. Cosas de mamá, me decía. Yo escuchaba en silencio, muy quieto, interiorizando cada palabra. Un día le pregunté si podía ponerme ese maquillaje. Ese día mamá lloró, y me dijo que estaba intentando que nunca tuviera que llevar ese maquillaje. Asentí sin comprender y me metí en el horno a la hora habitual.

Pasó mucho tiempo hasta que pude salir, hasta que me atreví a salir de mi cárcel. Dentro, mis sentidos protestaban al principio, aunque acabé acostumbrándome a la penumbra y sobre todo al espacio cada vez menor según pasaba el tiempo. Casi no podía ver por la puerta casi opaca de mi cubil. Veía cuerpos moverse: primero era mamá, una sombra esbelta y muy grande. Un poco más tarde, llegaba otra sombra más grande aún y sobre todo más ancha. Papá era un hombre muy gordo. No alcanzaba a oír demasiado, apenas distinguía los ruidos de la casa: mamá siempre esperaba en el salón después de las siete y veintitrés, y papá abría la puerta de casa un ratito más tarde. Creo que preguntaba por mí, pero no estaba seguro. Casi nunca veía a papá. Trabaja mucho, me decía mamá cuando le preguntaba.

Nunca falté al colegio. Quería trabajar como papá, y decidí que mi trabajo era ir a clases. Un día llamaron a mamá desde el colegio: había vomitado el desayuno. Pedí por favor que no le llamaran, mamá tenía que ordenar la casa y yo tenía que trabajar. Pero al final, mamá vino y sentí la crueldad en sus ojos. No hablamos durante el camino. Intentaba reprimir las arcadas, lo último que quería era manchar el coche. Mamá era una mujer muy ocupada, no quería darle más faena. Ese fue el primer día que vinieron los golpes. Mamá lloraba y me pegaba. Yo también lloraba, y le pedía perdón. Me duele, me quejaba. Tú no sabes lo que es el dolor, me gritaba, no tienes ni idea. Menudo inconsciente, me dijo al entrar en casa, no sabes lo que has hecho.  Me llevó a mi cuarto y cerró con llave.

Volví a vomitar, infectando el aire de olores que se me incrustaban en la nariz. Me tumbé en la cama y esperé. Poco después me quedé dormido.


Golpes y más golpes, un alboroto estridente que estalló por toda la casa me despertó. Me arropé, cubriendo mi cabeza. Cerré los ojos muy fuerte y me tapé los oídos: los ruidos se acercaban poco a poco a mi habitación. Tenía mucho miedo: no comprendía nada. ¿Por qué mamá me encerraba? ¿Por qué me pegaba? ¿Por qué había que hacer todo tan rápido, tan deprisa? El último de los golpes sonó en mi puerta: un estruendo sordo. Luego llegó el silencio. Agucé el oído y creí distinguir un leve quejido, un llanto lastimero se apoyaba contra la puerta de mi habitación. Unos pasos se alejaron de allí. No me atrevía a salir de la cama.

Una eternidad después, mamá me trajo una bandeja con comida: un cuenco con puré de patata templado, unas lonchas de jamón york y un yogur. No alcancé a verle bien la cara, pero estoy seguro de que no parecía ella: esta vez se había puesto mucho maquillaje. Una pequeña gota roja rodó por su nariz y terminó estrellada en el centro del puré. Mamá me miró un segundo y volvió a cerrar la puerta muy despacio.

Cuando me armé de valor y abrí la puerta del horno vi a mamá tirada en medio del salón. Papá sostenía la escopeta con la que iba de caza. Todo estaba lleno de salpicones color cobre oscuro. Así que ahí es donde estabas, me dijo. Olía a sudor y a algo que no identificaba, pero era parecido a lo que papá bebía todas las noches. Me vino a la mente la canción con la que mamá me arrullaba. En ese momento me acordé de una estrofa: besar al error perfecto, pegando fuego al guión. Ese día desobedecí: salí de dentro del horno. La primera de las balas me mordió en el estómago, haciéndome saltar por los aires. Papá se acercó, tenía arañazos y sangre en la cara. No lloraba, las lágrimas esta vez no me salieron. Me quedé ahí tumbado, sintiendo como la vista se me empañaba. Tenía frío. La segunda bala se alojó en mi pierna. La última imagen antes de desvanecerme fue papá, tan inmenso y colosal, mirándome desde las alturas riendo histérico. 

Desperté en el hospital. La doctora también lloraba cuando le conté todo esto. No entendía quién era aquella mujer y qué hacía yo allí. Me habían disparado, sí, pero no me dolía. No sentía demasiado las piernas, aunque me dijeron que era normal. Miré el reloj y me invadió un profundo terror: eran las siete y veintitrés. ¿Y mamá? Pregunté. La doctora miró hacia otro lado, casi de la misma forma que mamá hacía cuando al abrir la puerta del horno yo le preguntaba: ¿por qué? 


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